“Liborio no está muerto”, insiste una décima popular. La frase no necesita negar una fecha. Su verdad pertenece a otro orden: una persona puede morir y, sin embargo, continuar actuando dentro de una comunidad.
Las Jupías dicen algo parecido desde un tiempo mucho más antiguo. En la cosmología taína registrada —de manera incompleta y colonialmente mediada— por fray Ramón Pané, la hupía u opía era el espíritu de la persona muerta. Dejaba el cuerpo, pero no desaparecía del universo. Volvía de noche, adoptaba formas y seguía rozando el mundo de los vivos.
Papá Liborio y Las Jupías no son la misma clase de figura. Uno pertenece a la historia documentada del siglo XX; las otras, a una cosmología indígena conocida mediante fuentes problemáticas. La fuerza del encuentro está precisamente en no confundirlos: dos caminos distintos hacia la persistencia.
Papá Liborio: de hombre perseguido a presencia colectiva
Olivorio Mateo nació en 1876 en la región de San Juan. El movimiento que llevaría su nombre se organizó en 1908, después de que afirmara haber recibido una misión divina durante una desaparición. Se convirtió en curandero, predicador y líder de una comunidad campesina. A sus seguidores les ofrecía alivio espiritual, atención, orden moral y una forma de cohesión en un territorio con poca presencia institucional.
El poder político interpretó esa comunidad de otra manera. El Archivo General de la Nación resume que Liborio fue considerado una amenaza y perseguido, con especial intensidad durante la ocupación militar estadounidense. Murió en combate en 1922.
Entre 1908 y 1922 transcurrieron apenas 14 años, suficientes para producir un movimiento cuya memoria atravesó el siglo. Estudios contemporáneos insisten en que reducirlo a “brujo” o curiosidad folklórica borra su dimensión histórica: la relación entre espiritualidad afrodominicana, liderazgo rural, resistencia y soberanía.
Esa tensión define su arcano. Papá Liborio puede leerse como fe encarnada, cuidado comunitario y resistencia ante una autoridad que no comprende la legitimidad popular. Su sombra también exige vigilancia: carisma sin límite, obediencia, martirio convertido en instrumento o líder confundido con verdad absoluta.
Pregunta de Papá Liborio: ¿la comunidad sigue una voz, o esa voz ha aprendido a escuchar a la comunidad?
Las Jupías: el alma que vuelve por la noche
El término aparece escrito de varias formas: hupía, opía, y en el uso del proyecto, jupía. Una publicación reciente del Museo de Antropología y Etnografía de la Universidad de Turín resume la noción como “espíritu o alma de los muertos”. Tras la descomposición física, la hupía partiría hacia Coaybay, dominio de los fallecidos, pero podía reingresar durante la noche al mundo ordinario, vinculada al bosque, la guayaba y criaturas nocturnas como murciélagos o búhos.
Hay que leer este material con humildad. La Relación acerca de las antigüedades de los indios de Pané es considerada una fuente decisiva y temprana sobre la religiosidad antillana, pero fue creada por encargo colonial. Investigadores han señalado su fracaso de traducción: conceptos taínos complejos fueron forzados dentro de categorías cristianas como “ídolo”, “dios” o “superstición”. No poseemos una ventana transparente al siglo XV.
Esa limitación debe entrar en la carta. Las Jupías no pueden ser una decoración arqueológica ni fantasmas genéricos. Son también el recordatorio de una memoria que conocemos a través de fragmentos producidos por quienes participaron en su destrucción.
En lectura luminosa, Las Jupías representan memoria ancestral, sueño, continuidad, consejo de los ausentes y relación no lineal con el tiempo. En sombra: pasado que invade, duelo detenido, idealización de los muertos o voces heredadas que impiden vivir.
Pregunta de Las Jupías: ¿qué parte de mi vida pertenece a quienes ya no están, y cuál debo devolverles?
Fe, archivo y aparición
La pareja produce una lectura sobre quién tiene derecho a permanecer.
Papá Liborio persistió porque sus seguidores se negaron a aceptar que una muerte política cancelara su significado. Las Jupías persistieron porque incluso un archivo colonial no logró borrar del todo la idea taína de una relación activa entre vivos y muertos.
En ambos casos, la memoria no es pasiva. Cura, organiza, advierte, reclama. También puede manipular. Por eso las cartas no celebran automáticamente todo lo ancestral ni todo lo sagrado. Preguntan qué hacemos con ello.
Cuatro cifras y una ausencia
- 1876: nacimiento de Olivorio Mateo.
- 1908: inicio del movimiento liborista según el AGN.
- 1922: muerte de Liborio durante la persecución militar.
- 14 años: intervalo entre la fundación del movimiento y la muerte de su líder.
- Una ausencia imposible de cuantificar: la cantidad de conocimiento taíno perdido o deformado por la conquista.
La última cifra es la más importante. Una investigación responsable no llena todos los vacíos con fantasía. A veces señala el hueco y permite que el espectador sienta su peso.
Dar cuerpo sin apropiarse del cuerpo
La carta de Papá Liborio debe conservar al hombre dentro del mito: montaña, multitud, mirada humana, señales de persecución y cura. No necesita aureola fácil. Su poder surge de la tensión entre vulnerabilidad y presencia.
Las Jupías deben sentirse múltiples. No un fantasma blanco según la tradición europea, sino presencias que entran y salen del paisaje: cuerpos sin borde estable, ojos de noche, guayabas, alas, raíces, rostros que casi se reconocen. La imagen puede ocultar más de lo que muestra porque la fuente también llega incompleta.
En Los Arcanos de la Casa, ambos arcanos se encuentran en el umbral de la memoria. Él recuerda que una comunidad puede convertir a un perseguido en símbolo. Ellas recuerdan que los muertos nunca aceptaron completamente el idioma con que los conquistadores intentaron nombrarlos.
